Los anfitriones llegan con la cuota más baja para esta final, pero los argumentos en contra de Tailandia no son tan sólidos como parecen. Su única derrota reciente fue en un partido de fase de grupos donde ya no se jugaban nada y en el que descansaron varios titulares habituales, que ahora deberían estar de vuelta. Si a eso le sumamos una final que sobre el papel luce muy pareja, me quedo con el conjunto visitante.
Esa derrota frente a Filipinas es la clave de todo. Tailandia ya tenía la clasificación en el bolsillo, por lo que el entrenador dio descanso a Chanatip, Sarach, Supachai y Bihr. Con su once estelar, vencieron 4-0 a Pakistán y 2-0 a Vietnam.
Los números de Indonesia en la fase de grupos llaman la atención con 11 goles a favor, pero la gran mayoría llegó en el 9-2 ante Bangladés, un partido donde salieron a buscar la mayor diferencia de gol posible frente a Malasia. Contra los otros dos rivales serios ganaron 2-0 a Singapur y empataron 0-0 con Malasia. Es verdad que cuentan con una base importante de futbolistas que juegan en Europa, Haye regresa tras su sanción y el estadio estará a reventar con unos 77.000 espectadores.
Tailandia es la selección con mejor ranking de la región si dejamos de lado a Australia, e Indonesia ya ha caído ante ellos en cuatro finales regionales anteriores. De todas formas, no conviene confiarse demasiado de ese historial, ya que los cruces de agosto entre ambos se jugaron con planteles distintos fuera de la fecha FIFA. El partido se presenta muy cerrado, pero a planteles completos, la visita es el equipo que me inspira un poco más de confianza.